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Pensando lo viral en las redes sociales: ¿Lo viral se vuelve banal?

2020.08.03 02:42 Otro_engranaje Pensando lo viral en las redes sociales: ¿Lo viral se vuelve banal?

¡Buenas comunidad!, en esta ocasión traigo nuevamente un breve ensayo que compartiré por este medio y por mi blog (si les resulta más cómodo leerlo por allí).
En resumen: Hago foco sobre las tendencias y el fenómeno de la viralización, y de cómo lo que se viraliza tiende a volverse banal, sin importancia, incluso cuando lo que se viraliza es un asunto que demanda seriedad. Introduzco el pensamiento de Halsall McLuhan ("el medio es el mensaje"). Además cito a autores como Baudrillard y Guy Debor, cuyas tesis (El primero, con sus libros El sistema de los objetos y Cultura y Simulacro y, el segundo, con La Sociedad del espectáculo) proporcionan un marco teórico bastante interesante para abordar la situación.
El ensayo:
La viralización, la banalización…
La internet, tal cual la conocemos hoy, es una fuente casi inagotable de información. Las redes sociales, en el presente, son a su vez un instrumento de gran sofisticación al momento de recopilar y difundir cierto tipo de información. Ahora quizás no lo recordemos, pero en el año 2014 el boom de difusión del denominado “#IceBucketChallenge”, aquella campaña para concientizar y recaudar fondos para invertir en la investigación sobre la Esclerosis lateral amiotrófica, era (incluso un año después) el fenómeno global más multitudinario de la historia de las redes, con más de 17 millones de videos y 440 millones de visualizaciones sobre aquél reto [1]; o el meme “Harlem Shake”, en el año 2013, (esos vídeos dónde una persona bailaba sola en una habitación y de un momento a otro, la habitación explotaba de gente disfrazada haciendo movimientos bizarros con la canción característica de fondo) que llegó a recopilar algo así como 175 millones de visualizaciones ese año y unas tantas miles de versiones de un mismo vídeo [2] [3].
Lo viral, de acuerdo a la RAE, es en una primera acepción lo “perteneciente o relativo a los virus”, pero en el siglo XXI se sumó una nueva definición: “adj. Dicho de un mensaje o contenido: Que se difunde con gran rapidez en las redes sociales a través de internet” [4]. Los “fenómenos virales” son hoy moneda corriente. Año tras año vemos tendencias que van y vienen. Algunas, como el “Harlem Shake”, simples memes. Otros, como el “#IceBuketChallenge”, pretenden transmitir un mensaje más serio y profundo. Pero, sea de una u otra naturaleza, lo cierto es que lo viral, convertido en moda, suele ser pasajero; tiende a convertirse en banal, trivial o carente de sustancia. Si de un chiste se tratase, si fuese solo una broma, deja de causar gracia en cuanto pasa de moda; si el contenido se propusiese enviar un mensaje, o generar conciencia sobre un problema, lo hace, pero en cuanto se haya cumplido su período de expiración, el mensaje junto con el contenido es olvidado, sepultado en la memoria de un universo repleto de tendencias que no cesan de aparecer y desaparecer en cuestión de años, meses o incluso semanas, independientemente de que el problema haya sido o no resuelto.
Pero, acaso… ¿Será que la viralización en las redes sociales tiende a la banalización de aquello que se viraliza?, ¿es esto cierto, o es una idea de una mente pesimista?
Cuando el medio es el mensaje.
Los usos de las redes sociales son principalmente comerciales y publicitarios, aunque no puedan desprenderse totalmente de su valor como potenciales agentes de mediación social [5]
La anterior afirmación extraída de un artículo de los “Cuadernos de Información y Comunicación” (revista de la Universidad Complutense de Madrid), nos da a entender dos cosas: La primera, que las redes sociales, además de ser un espacio de “socialización” virtual, son un medio. La segunda, explícita, que los principales usos de este medio son “comerciales y publicitarios”, lo que no quita que sean agentes poderosos de “mediación social”. Pero en esencia, es un medio, y es por naturaleza un canal que no nos pone en contacto con lo inmediato, sino con una imagen (en lo que haremos hincapié más adelante).
Marshall McLuhan, filósofo canadiense del siglo XX, no llegó a presenciar el fenómeno de las redes sociales ni del Internet, pero no se equivocaba al enunciar lo siguiente: que “el medio es el mensaje”. Aquí el medio, entendido en un sentido más amplio, no es un simple canal pasivo por el cual se transporta el mensaje, sino que el medio es aquí un potencial modelador y controlador, en cierto sentido, no solo del mensaje obvio y evidente, sino del sentido que el medio mismo le da al mensaje atendiendo a las circunstancias en las que ese mensaje es transmitido (No es lo mismo invitar a unos amigos a compartir un almuerzo en mi casa mientras platicamos en un bar, a enviarles una carta en la que se los invite a almorzar. El segundo “medio” supone un encuentro más formal y ceremonial). Lo anterior,
… significa que las personas tienden a centrarse en lo obvio, que es el contenido, en brindarnos información valiosa, pero en el proceso, pierden en gran medida los cambios estructurales en sus asuntos que son introducidos de manera sutil o durante largos períodos de tiempo. A medida que los valores, las normas y las formas de hacer las cosas de la sociedad cambian debido a la tecnología, es entonces que las personas se dan cuenta de las implicaciones sociales del medio.[6]
Utilizando esta línea de pensamiento como fundamento, cabría preguntarnos entonces: ¿Qué “mensaje” transmiten las redes sociales como “medio”? En primera instancia, hay que identificar que las redes sociales son, al mismo tiempo, privadas y públicas. Esto es, cada usuario tiene su propio contenido “privado”, su propio “usuario” y accede a un determinado tipo de contenido que él (podemos o no estar de acuerdo en lo siguiente) elige. Pero al mismo tiempo, su usuario es “público” en la medida en la que está en contacto con otros usuarios; en la medida en que el contenido que publica, justamente, se hace público; en la medida en que el contenido que el usuario individual accede, es accesible para otros usuarios (quitando de la ecuación a las cuentas “privadas”, que no dejan de ser para un público restringido).
En segundo lugar, y tomando como modelo a las redes más influyentes (Instagram y Twitter), debemos hablar de la visualización del contenido y de los “mensajes” a los que el usuario accede. En el caso de Twitter, las publicaciones constan de 280 caracteres (siendo posible adjuntar un vídeo o una imagen) [7]; En Instagram, los pies de las fotos o imágenes (principal recurso de esta red social) no suelen exceder los 150 caracteres [8]. Los “mensajes” (el contenido de las publicaciones) tienden, de este modo, a ser espontáneos, impactantes y concisos. Por otra parte, esto le da la oportunidad al usuario a no detenerse mucho tiempo en un solo posteo, o una sola publicación, sino a visualizar más de una publicación, aunque esto es relativo, pues depende de la interacción que el usuario tenga con la/s publicación/es (esto es, si se detiene a comentarla o a leer los comentarios).
El hecho de que el medio sea el mensaje implica, además, que hace falta un contexto “para que podamos entender que el medio es el mensaje” [9]. El contexto, en este caso, si bien varía la situación en la que recibe el mensaje cada usuario (dónde, cuándo y cómo de la visualización de una publicación), no deja de formar parte de un universo común que es la red social (universo aparte, pero determinante a la vez). Las publicaciones, al ser en tiempo real (uno tiene acceso a ellas apenas publicadas), y al publicarse en un mismo espacio, suelen tener un impacto general. Pero la interpretación del mensaje de las comunicaciones puede variar de acuerdo al usuario en cuanto a su región de residencia y a las condiciones socio-económicas reales a las que esté sometido. Tenemos entonces un medio objetivo, pero una interpretación subjetiva.
Este medio objetivo (la red social) nos dice mucho del mensaje. En principio, como mencioné, se trata de un espacio público-privado, donde lo personal se mezcla con lo público, existiendo una interacción entre estos dos campos (el público y el privado). De momento, se torna casi indistinguible dónde empieza y dónde acaba lo público y lo privado. Por otra parte, el contenido (el mensaje de la publicación, siendo la publicación un medio dentro de otro medio, que es la red social), dijimos es por lo general breve e impactante, pero es también diverso. Esto quiere decir, tenemos una amplia variedad de contenido, pero todo este siendo de rápido consumo. El usuario tiene la posibilidad de acceder a más de una publicación (recordando, claro, que es relativo puesto a que también puede interactuar con una u otra publicación). Al batallar dentro de un campo de publicaciones tan vasto, la publicación tiene que ser llamativa, y exprimir al máximo los recursos a su disposición para atraer la mayor atención posible. A veces solo basta una buena reputación de quien la genera para que esta sea atractiva.
Otro detalle, que no debemos obviar, es el siguiente: el usuario no es un espectador pasivo. El usuario interactúa con las publicaciones y, además, crea sus propias publicaciones. De este modo, el usuario no es meramente un receptor, sino que al mismo tiempo es emisor. No solo esto. El usuario puede formar parte de la publicación; puede reproducir el mensaje; puede criticarlo abiertamente o, en fin, puede pasar de este.
Repasemos entonces, punto por punto, las características que hemos señalado anteriormente sobre el medio que analizamos (cabe destacar que no necesariamente es esto un decreto universal):
· El medio es un espacio público-privado.
· El medio tiene implicaciones objetivas (la “publicación”, la estructura misma de la red social, la inmediatez y la virtualidad) y subjetivas (situación social y económica real del usuario-sujeto).
· El sujeto-usuario puede interactuar con la publicación y con su contenido, así como con otros usuarios.
· El sujeto-usuario puede crear publicaciones, puede reproducir publicaciones o puede también compartir publicaciones que ha visto y puede así mismo criticarlas abiertamente.
Con esto podemos dar por supuesto lo siguiente: Al mezclarse lo público con lo privado; al mezclarse implicaciones objetivas y subjetivas y al haber una interacción entre los emisores y los receptores, EL MENSAJE (lo que se quería o pretendía transmitir) tiende a perderse, tiende a confundirse. El contenido específico corre un alto riesgo de deformarse.
Tendencia y mensaje vacío.
Si, entonces, lo que en primera instancia era el mensaje de una publicación corre el riesgo de deformarse en este proceso interactivo que propone la red social como medio, la viralización puede producirse tomando la forma de la publicación, pero no su contenido.
Un caso que, de hecho, fue el que me inspiró para redactar este breve ensayo, es el del actual reto “#ChallengeAccept” de Instagram, etiqueta que motivo a mujeres en todo el mundo a compartir una fotografía de ellas mismas en blanco y negro. Mientras que, por un lado, hay gente que piensa que se trata de una campaña sobre “mujeres que apoyan a mujeres”, desconociendo el por qué y la motivación de la misma, y acompañando las leyendas de las imágenes con frases de “apoyo” o “aliento” (como la modelo Cindy Crawford, que adjuntaba a su imagen en blanco y negro participante de la tendencia algo así como que le encantaba esa forma “sencilla” de elevarse unas a otras)[10], por otro lado, hay quienes afirman que #ChallengeAccept…
… surgió en Turquía, país donde la violencia machista se ha multiplicado de manera alarmante. Los crímenes contra las mujeres de aquel país este año se difundieron con fotos de las víctimas en blanco y negro y las fechas de nacimiento y muerte, y así nació la iniciativa.[11]
También se supone que la campaña es anterior a la iniciativa turca, desprendida de un discurso que la congresista norteamericana Alexandra Ocasio-Cortez hizo contra el machismo. Por el momento, el sentido de tales publicaciones sigue siendo difuso.
Se trata, en este caso, de un fenómeno relativamente viral que ha sido banalizado; se trata de publicaciones masivas carentes de un sentido o una sustancia (en este caso particular). ¿Por qué sucede esto?
La imagen, lo espectacular y el producto.
Lo he citado en un anterior ensayo (El amor, con etiquetas.), y lo volveré a citar aquí. Es Guy Debord quien, con su modelo de “la sociedad del espectáculo”, a mi parecer, da en el clavo. Hasta ahora venimos hablando de medios, de mensajes, de mensajes banalizados… pero todo esto dentro del marco de un universo particular: Las redes sociales. Y es que las redes sociales –como lo ha sido la televisión masiva a finales del siglo XX– son, en esencia, una representación de lo real, de lo inmediato. Tal como sentencia el filósofo citado:
El espectáculo no puede ser comprendido como el abuso de un mundo de la visión o como el producto de las técnicas de difusión masiva de imágenes. Se trata más bien de una Weltanschauung devenida efectiva, materialmente traducida. Es una visión del mundo que se ha objetivado.[12]
El espectáculo, como modelo de lo real, acaba desplazando a lo verdaderamente real. El espectáculo se torna realidad en cuanto configura a la realidad misma. En este sentido, las redes sociales constituyen un mundo del espectáculo. Las publicaciones no son la realidad, pero nos dan una imagen de ello. Pero la red social es un universo interactivo, donde el usuario es un ente participativo dentro de este mundo “espectacular”. En este sentido, el usuario, a razón de la vida cotidiana en sociedad, construye en este espacio una “identidad”, pero una identidad dentro del espectáculo. Baudrillard, filósofo de pensamientos similares a los de Guy Debord (él no habla de “espectáculo”, sino de “hiperrealidad” y de simulación. Su obra Cultura y Simulacro profundiza en la cuestión), habla al respecto de estas identidades.
Somos, en este sentido, ser para otros (bastardillas mías) y no solo por la teatralidad propia de la vida social, sino porque la mirada del otro nos constituye, en ella y por ella nos reconocemos. La construcción de nuestra identidad tiene lugar desde la alteridad, desde la mirada del otro que me objetiva, que me convierte en espectáculo.[13]
Así vistas las cosas, el individuo no se compenetra al 100% con el contenido de los mensajes; el usuario no interactúa enteramente con la publicación y con su mensaje. El usuario, a través de esta interacción, construye su identidad espectacular. Una tendencia surge, de acuerdo a este proceso, para ser consumida por los usuarios. Los usuarios pueden consumirla de manera pasiva; pueden reproducir la tendencia y ser al mismo tiempo parte de la tendencia. Este consumo no consiste en “tener”, sino en “parecer”. Es lo que me hace como identidad espectacular. La forma es el mensaje en sí mismo, y el contenido se debilita (de esto no se deduce que toda publicación sea una imagen carente de sustancia). El ejemplo más evidente es la tendencia del #ChallengeAccept, dónde la forma del contenido (las imágenes en blanco y negro, las leyendas de “apoyo” a la comunidad femenina) es más importante que el contenido en sí (cuya naturaleza es, por muchos seguidores de la tendencia, incomprendida).
Lo viral y la lógica de la moda.
El usuario, entonces, consume contenidos; consume publicaciones; consume espectáculo y a su vez, se produce él mismo dentro de un espectáculo, que es la red social. Cuando una tendencia o un contenido se viraliza, no se sigue inmediatamente su banalización. Su banalización es tal en el momento en que el contenido no se viraliza por su sustancia, sino por su forma.
Por otro lado, un contenido es viral cuando está de moda. Y la lógica de la moda es la lógica de la obsolescencia. Así:
… capitalismo y moda se retroalimentan. Ambos son el motor del deseo que se expresa y satisface consumiendo; ambos ponen en acción emociones y pasiones muy particulares […]. Ninguno de los dos conoce el reposo, avanzan según un movimiento cíclico no-racional, que no supone un progreso. En palabras de J. Baudrillard: “No hay un progreso continuo en esos ámbitos: la moda es arbitraria, pasajera, cíclica y no añade nada a las cualidades intrínsecas del individuo”.[14]
La moda está destinada a ser sustituida por otra moda. Pero no muere, desaparece. Justamente nadie se detiene a llorar por una “moda muerta”, justamente, por el hecho de que nunca una moda muere: la moda es sustituida por una nueva, de un momento a otro, en la que nos vemos obligados a depositar nuestra atención.
Las tendencias virales, de este modo, es justamente por su naturaleza intrínseca que están destinadas a aparecer y desaparecer constantemente. Son un objeto de consumo, un espectáculo, una experiencia que se agota. Su contenido no suele pasar de la mera forma, y las formas son fáciles de sustituir pues, justamente, son formas. Esta lógica, de una frivolidad considerable, no es nueva en lo absoluto. ¿Por qué frivolidad? Pues, porque, así como la lógica de moda es aplicada a un producto, también es aplicada a problemáticas sociales reales: El #IceBucketChallenge es un ejemplo de ello. La campaña no fue poca cosa: se estima que 115 millones de dólares se donaron a la Asociación para la Esclerosis lateral amiotrófica solo en la primera semana, y a raíz de la trascendencia del reto. Pero, al final, en el mismo artículo de la cadena BBC, se deja en evidencia el efecto de lo pasajero típico de una moda:
Ammar Al-Chalabi, profesor de neurología y genética de enfermedades complejas en la universidad londinense King´s College London, cree que existe el riesgo de que el público crea que estas enfermedades ya no necesitan más dinero.
Más bien es lo opuesto. "Necesitamos un desafío de la cubeta continuo", dijo.[15]
Cómo bien dije, no se trata de un fenómeno nuevo y típico de las redes sociales de internet. South Park, una caricatura satírica y bizarra estadounidense, tiene un episodio que hace un llamado de atención al fenómeno de las problemáticas sociales como modas, titulado en el español: Problema de Amígdalas (13-04-2009). En el capítulo, Eric Cartman, uno de los protagonistas, contrae el SIDA accidentalmente mientras le quitan las amígdalas en una cirugía. En un intento desesperado por conseguir apoyo de sus amigos y de la comunidad, Cartman fracasa puesto que ahora es el Cáncer la enfermedad que más atención social demanda y que más sensibiliza a las personas. El capítulo es una exageración de una problemática real de principios de siglo y finales del siglo pasado (ver Historia: Nivel 1. Netflix. Capítulo 9: El SIDA).
Conclusiones generales.
Podríamos ser fatalistas y decir que todo lo viral se convierte ineludiblemente en algo banal. Pero no es así. El caso del #IceBuckettChallenge, nos deja un lado positivo (la gran recaudación que genero el “movimiento virtual”, que de otra forma hubiese sido difícil concertarla), y un lado negativo (pasada la moda, las masas creemos que pasó el problema).
Sí sostengo lo que he mencionado en una sección de este breve ensayo: que la banalización es tal en el momento en el cuál el fenómeno o el contenido de lo viral es tomado en su forma, y no en su sustancia (Como en el caso del #ChallengeAccept en Instagram), o sea, importa la publicación en su forma estética y viral como una manera de parecer, y la reproducimos siempre y cuando al mismo tiempo contribuye en la construcción de nuestra identidad espectacular.
Cuando se trata de una problemática que se viraliza, siempre podremos solidarizarnos si esa solidaridad no implica una responsabilidad. Cuando no hay responsabilidad, no hay un vínculo con la problemática. Cuando no hay un vínculo con la problemática, el sujeto nunca llegó a conocerla realmente, sino que solo conoció su representación-espectáculo.

[1] (3-08-2015): “A un año del #IceBucketChallenge, ¿qué se ha logrado?”, BBC, Mundo, Salud. En línea: https://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/08/150803_salud_aniversario_icebucjetchallenge_esclerosis_ig
[2] (18-02-2013): “’Harlem Shake’: el baile ridículo que arrasa la Red”. El Mundo España, Medios. En línea: https://www.elmundo.es/elmundo/2013/02/18/comunicacion/1361217707.html
[3] Zeichner, N. (15-02-2013): “FADER Explains: Harlem Shake”, The Fader, Music. En línea: https://www.thefader.com/2013/02/15/fader-explains-harlem-shake/
[4] RAE (Real Academia Española): “viral”. En línea: https://dle.rae.es/viral
[5] Caldevilla Domínguez, D.; Barrientos Báez, A.; Parra López, E. (2020). Horizontes del mundo digital: de la simulación y la banalización de la experiencia, a un uso social, ecológico e innovador de la Sociedad Red, en CIC. Cuadernos de Información y Comunicación 25, 269-277.
[6] (Rev. 13-04-2020): “El medio es el mensaje”. Wikipedia. Wiki. En línea: https://es.wikipedia.org/wiki/El_medio_es_el_mensaje
[7] Rubal Thomsen, M. (27-09-2017): “Twitter amplía la extensión de sus mensajes a 280 caracteres”. La Vanguardia. España. En línea: https://www.lavanguardia.com/tecnologia/20170927/431590709836/twitter-amplia-limite-280-caracteres.html#:~:text=Twitter%20dobla%20el%20espacio%20para,de%20ampliaci%C3%B3n%20con%20algunas%20lenguas.
[8] Jackson, D. (22-05-2017): “Conoce tus límites: El largo ideal para cada post en redes sociales”. SproutSocial. SproutBlog. En línea: https://sproutsocial.com/insights/contador-de-caracteres-de-redes-sociales/
[9] Strate, Lance (2012). «El medio y el mensaje de McLuhan: La tecnología, extensión y amputación del ser humano». Infoamerica: Iberoamerican Communication Review 7. P.73. En línea: https://www.infoamerica.org/icn07_08/strate.pdf
[10] Lorenz, T. (28-07-2020): “#RetoAceptado: por qué algunas mujeres publican selfies en blanco y negro”. The New York Times. Estilos de vida. En línea: https://www.nytimes.com/es/2020/07/28/espanol/estilos-de-vida/reto-selfi-blanco-negro.html
[11] (30-07-2020): “Desafío aceptado, la convocatoria contra la violencia de género que acaparó las redes”. Página 12. Sociedad. En línea: https://www.pagina12.com.a281900-desafio-aceptado-la-convocatoria-contra-la-violencia-de-gene
[12] Debord, G. (1967): La sociedad del espectáculo. Imprenta Quattrocento. Santiago de Chile, p.9. En línea: http://www.observacionesfilosoficas.net/download/sociedadDebord.pdf
[13] Vásquez Rocca, A. (2007): “Baudrillard; Cultura, simulacro y régimen de mortandad en el Sistema de los objetos”. Eikasia: revista de filosofía, N.9, p.2 (pdf). En línea: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2247601
[14] Vázquez Rocca, A. Op. Cit., p.3 (pdf)
[15] (3-08-2015): “A un año del #IceBucketChallenge, ¿qué se ha logrado?”, BBC, Mundo, Salud. En línea: https://www.bbc.com/mundo/noticias/2015/08/150803_salud_aniversario_icebucjetchallenge_esclerosis_ig
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2020.07.28 16:25 sudargento Jorge Luis Borges: Prólogo a «Facundo» de Domingo Faustino Sarmiento

Jorge Luis Borges: Prólogo a «Facundo» de Domingo Faustino Sarmiento

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Jorge Luis Borges: Prólogo a «Facundo» de Domingo Faustino Sarmiento

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Único en el siglo XIX y sin heredero en el nuestro, Schopenhauer pensaba que la historia no evoluciona de manera precisa y que los hechos que refiere no son menos casuales que las nubes, en las que nuestra fantasía cree percibir configuraciones de bahías o de leones. (Sometimes we see a cloud that's dragonish, leemos en Antonio y Cleopatra.) La historia es una pesadilla de la que quiero despertarme, confirmaría James Joyce. Más numerosos, por supuesto, son los que perciben o declaran que la historia encierra un dibujo, evidente o secreto. Básteme recordar, un poco al azar de la pluma, los nombres del tunecino Abenjaldún, de Vico, de Spengler y de Toynbee. El Facundo nos propone una disyuntiva —civilización o barbarie— que es aplicable, según juzgo, al entero proceso de nuestra historia. Para Sarmiento, la barbarie era la llanura de las tribus aborígenes y del gaucho; la civilización, las ciudades. El gaucho ha sido reemplazado por colonos y obreros; la barbarie no sólo está en el campo sino en la plebe de las grandes ciudades y el demagogo cumple la función del antiguo caudillo, que era también un demagogo. La disyuntiva no ha cambiado. Sub specie aeternitatis, el Facundo es aún la mejor historia argentina. Hacia 1845, desde su destierro chileno, Sarmiento pudo verla cara a cara, acaso en una sola intuición. Es lícito conjeturar que el hecho de haber recorrido poco el país, pese a sus denodadas aventuras de militar y de maestro, favoreciera la adivinación genial del historiador. A través del fervor de sus vigilias, a través de Fenimore Cooper y el utópico Volney, a través de la hoy olvidada Cautiva, a través de su inventiva memoria, a través del profundo amor y del odio justificado, ¿qué vio Sarmiento? Ya que medimos el espacio por el tiempo que tardamos en recorrerlo, ya que las tropas de carretas tardaban meses en salvar los morosos desiertos, vio un territorio mucho más dilatado que el de ahora. Vio la contemporánea miseria y la venidera grandeza. La conquista había sido superficial, la batalla de San Carlos, que fue acaso la decisiva, se libraría en 1872. Hubo sin duda tribus enteras de indios, ante todo hacia el Sur, que no sospecharon la amenaza del hombre blanco. En las llanuras abonadas por la hacienda salvaje que nutrían, procreaban el caballo y el toro. Ciudades polvorientas, desparramadas casi al azar —Córdoba en un hondón, Buenos Aires en la barrosa margen del río—, remedaban a la distante España de entonces. Eran, como ahora, monótonas: el tablero hispánico y la desmantelada plaza en el medio. Fuimos el virreinato más austral y más olvidado. De tarde en tarde cundían atrasadas noticias: la rebelión de una colonia británica, la ejecución de un rey en París, las guerras napoleónicas, la invasión de España. También, algunos libros casi secretos que encerraban doctrinas heterodoxas y cuyo fruto fue cierta mañana del día 25 de Mayo. Es costumbre olvidar la significación intelectual de las fechas históricas; los libros a que aludo fueron leídos con fervor por el gran Mariano Moreno, por Echeverría, por Várela, por el puntano Juan Crisóstomo Lafinur y por los hombres del Congreso de Tucumán. En el desierto, esas casi incomunicadas ciudades eran la civilización. Como en las demás regiones americanas, desde Oregón y Texas hasta el otro confín del continente, poblaba las campañas un linaje peculiar de pastores ecuestres. Aquí, en el sur del Brasil y en las cuchillas del Uruguay, se llamaron gauchos. No eran un tipo étnico: por sus venas podía o no correr sangre india. Los definía su destino, no su ascendencia, que les importaba muy poco y que, por lo general, ignoraban. Entre las veintitantas etimologías de la palabra gaucho, la menos inverosímil es la de huacho, que Sarmiento aprobó. A diferencia de los cowboys del Norte, no eran aventureros; a diferencia de sus enemigos, los indios, no fueron nunca nómadas. Su habitación era el estable rancho de barro, no las errantes tolderías. En el Martín Fierro se lee: Es triste dejar sus pagos y largarse a tierra agena llevándose la alma llena de tormentos y dolores, mas nos llevan los rigores como el pampero a la arena. Las correrías de Fierro no son las de un aventurero; son su desdicha. La literatura gauchesca —ese curioso don de generaciones de escritores urbanos— ha exagerado, me parece, la importancia del gaucho. Contrariamente a los devaneos de la sociología, la nuestra es una historia de individuos y no de masas. Hilario Ascasubi, que Sarmiento apodaría «el bardo plebeyo, templado en el fuego de las batallas», celebró a Los gauchos del Río de la Plata, cantando y combatiendo hasta postrar al tirano Juan Manuel de Rosas y a sus satélites, pero podemos preguntar si los gauchos de Güemes, que dieron su vida a la Independencia, habrán sido muy diferentes de los que comandó Facundo Quiroga, que la ultrajaron. Fueron gente rudimentaria. Les faltó el sentimiento de la patria, cosa que no debe extrañarnos. Cuando los invasores británicos desembarcaron cerca de Quilines, los gauchos del lugar se reunieron para ver con sencilla curiosidad a esos hombres altos, de brillante uniforme, que hablaban un idioma desconocido. Buenos Aires, la población civil de Buenos Aires (no las autoridades, que huyeron) se encargaría de rechazarlos bajo la dirección de Liniers. El episodio del desembarco es notorio y Hudson lo comenta. Sarmiento comprendió que para la composición de su obra no le bastaba un rústico anónimo y buscó una figura de más relieve, que pudiera personificar la barbarie. La halló en Facundo, lector sombrío de la Biblia, que había enarbolado el negro pendón de los bucaneros, con la calavera, las tibias y la sentencia Religión o Muerte. Rosas no le servía. No era exactamente un caudillo, no había manejado nunca una lanza y ofrecía el notorio inconveniente de no haber muerto. Sarmiento precisaba un fin trágico. Nadie más apto para el buen ejercicio de su pluma que el predestinado Quiroga, que murió acribillado y apuñalado en una galera. El destino fue misericordioso con el riojano; le dio una muerte inolvidable y dispuso que la contara Sarmiento. A muchos les interesan las circunstancias en que un libro fue concebido. Hará treinta y cinco años, Alberto Palcos halagó metódicamente esa curiosidad, que sin duda es legítima. Transcribo su catálogo: 1. Desprestigiar a Rosas y al caudillismo y, por ende, al representante de aquél en Chile, motivo ocasional de la obra. 2. Justificar la causa de los emigrados argentinos o, para emplear el vocablo del propio Sarmiento, santificarla. 3. Suministrar a los últimos una doctrina que les sirviese de interpretación y de incentivo en la lucha y una gran bandera de combate: la de la Civilización contra la Barbarie. 4. Patentizar sus formidables aptitudes literarias en una época en que éstas se acercaban a su apogeo, y 5. Incorporar su nombre a la lista de las primeras figuras políticas proscriptas, en previsión del cambio fundamental a sobrevenir apenas desapareciese la tiranía. Viejo lector de Stuart Mill, acepté siempre su doctrina de la pluralidad de las causas; el índice de Palcos no peca, a mi entender, de excesivo, pero sí de incompleto y superficial. Según lo declara el compilador, se atiene a los propósitos de Sarmiento, y nadie ignora que tratándose de obras del ingenio —el Facundo ciertamente lo es— lo de menos son los propósitos. El ejemplo clásico es el Quijote; Cervantes quiso parodiar los libros de caballería, y ahora los recordamos porque acicatearon su burla. El mayor escritor comprometido de nuestra época, Rudyard Kipling, comprendió al fin de su carrera que a un autor puede estarle permitida la invención de una fábula, pero no la íntima comprensión de su moraleja. Recordó el curioso caso de Swift, que se propuso redactar un alegato contra el género humano y dejó un libro para niños. Regresemos, pues, a la secular doctrina de que el poeta es un amanuense del Espíritu o de la Musa. La mitología moderna, menos hermosa, opta por recurrir a la subconciencia o aun a lo subconsciente. Como todas las génesis, la creación poética es misteriosa. Reducirla a una serie de operaciones del intelecto, según la conjetura efectista de Edgar Alian Poe, no es verosímil; menos todavía, como ya dije, inferirla de circunstancias ocasionales. El propósito número uno de Palcos, «desprestigiar a Rosas y al caudillismo y, por ende, al representante de aquél en Chile», no pudo por sí solo haber engendrado la imagen vivida de Rosas como esfinge, mitad mujer por lo cobarde, mitad tigre por lo sanguinario, ni la invocación liminar ¡Sombra terrible de Facundo! A unos treinta años del Congreso de Tucumán, la historia no había asumido todavía la forma de un museo histórico. Los proceres eran hombres de carne y hueso, no mármoles o bronces o cuadros o esquinas o partidos. Mediante un singular sincretismo los hemos hermanado con sus enemigos. La estatua ecuestre de Dorrego se eleva cerca de la plaza Lavalle; en cierta ciudad provinciana me ha sido dado ver el cruce de las avenidas Berón de Astrada y Urquiza, que, si la tradición no miente, hizo degollar al primero. Mi padre (que era librepensador) solía observar que el catecismo había sido reemplazado en las aulas por la historia argentina. El hecho es evidente. Medimos el curso temporal por aniversarios, por centenarios y hasta por sesquicentenarios, vocablo derivado de los jocosos sesquipedalia verba de Horacio (palabras de un pie y medio de largo). Celebramos las fechas de nacimiento y las fechas de muerte. Fuera de Güemes, que guerreó con los ejércitos españoles y valerosamente dio su vida a la patria, y del general Bustos, que manchó su carrera militar con la sublevación de Arequito, los caudillos fueron hostiles a la causa de América. En ella vieron, o quisieron ver, un pretexto de Buenos Aires para dominar las provincias. (Artigas prohibió a los orientales que se alistaran en el Ejército de los Andes.) Urgido por la tesis de su libro, Sarmiento los identificó con el gaucho. Eran, en realidad, terratenientes que mandaban sus hombres a la pelea. El padre de Quiroga era un oficial español. El Facundo erigido por Sarmiento es el personaje más memorable de nuestras letras. El estilo romántico del gran libro se ajusta de manera espontánea, y al parecer ineludible, a los tremendos hechos que refiere y al tremendo protagonista. Las ulteriores modificaciones o rectificaciones de Urien, de Cárcano y de otros nos interesan tan escasamente como el Macbeth de Holinshed o el Hamlet (Amiothi) de Saxo Gramático. Muchas imperecederas imágenes ha legado Sarmiento a la memoria de los argentinos: la de Facundo, las de tantos contemporáneos, la de su madre y la suya propia, que no ha muerto y que aún es combatida. Paul Groussac, que no lo quería, lo llamó «el formidable montonero de la batalla intelectual» y ponderó «sus cargas de caballería contra la ignorancia criolla».
No diré que el Facundo es el primer libro argentino; las afirmaciones categóricas no son caminos de convicción sino de polémica. Diré que si lo hubiéramos canonizado como nuestro libro ejemplar, otra sería nuestra historia y mejor.
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2019.11.05 10:36 Davidemagx Historias del Kiosco 24 Hs (Tres)

Necesito dormir, hice 16 horas de corrido hoy por cubrir a una compañera que tuvo un accidente...

La llamada me llegó alrededor de las 15:30, tenía media cara hundida en la almohada, lo escuché por poco y di el manotazo a los libros apilados que me hacen las veces de mesita al lado de la cama para agarrar el celular apenas con los dedos. Muy torpemente lo acerqué al oído y dije "¿Mmm?", la voz de mi jefe me recibió con un "Chango ¿Me vas a decir que estabas durmiendo?"
- ¿Qué te parece que puedo estar haciendo después de laburarte toda la madrugada?
- No sé, ¿no probaste estar con una mina?
- ¿Tu señora?
- Concha de tu madre... Escuchá, hubo un accidente con el convoy hoy y Carla no va a hacer su turno...
- Entonces ¿pasa el convoy, se accidentan y Carla falta al laburo? Cualquier excusa para faltar.
- No, pelotudo, la chocaron a ella. Por eso no va a venir.
- Ah... Perdón... Bueno. Voy en 20', de paso me contas lo del accidente.
Llegué al kiosco media hora después y mi jefe estaba sentado en la mesa que tenemos armada adentro. Hacía calor afuera, demasiado para ésta época del año, así que se había puesto cómodo con una cerveza que ya iba por la mitad y que tuvo la gentileza de servirme en un vaso plástico tan pronto me vio entrar. Lo tomé y dije "No está mal para desayuno..." y me acerqué hasta el exhibidor donde están los alfajores y agarré un triple de chocolate.
- Descontame luego. - le dije.
- No te hagas drama... - dijo y miró por la ventana a la calle desierta. - Una de las camionetas se desvió del convoy hoy a la mañana, aceleró como para pasar a las demás y no alcanzó a frenar llegando a la esquina de los chinos. Carla estaba cruzando la calle en moto y la agarró en la rueda trasera. Está bien ella, quebrada, pero fuera de otro peligro. Ya está enyesada en su casa. La camioneta fue a parar contra un árbol en la vereda de enfrente y... - miró a la calle otra vez - ahí lo vimos bajar...
- ¿A quién? ¿El chofer? Hasta ahora que me contas esto creía y estaba convencido de que las controlaban por satélite... Bueno, ¿y a dónde está el tipo? Lo tienen preso, me imagino...
- No, se escapó. No dió tiempo de nada. Se bajó de la camioneta y salió corriendo pero...-
- No se habrá ido muy lejos si anda a pie. Como si pudiera esconderse, hay que buscar la cara extranjera y listo.- lo interrumpí.
- Dejame terminar, chango. Salió corriendo muy rápido, a lo Speedy Gonzalez. Los que alcanzaron a verlo de cerca dijeron que era todo negro, cabezón y flaco. Que parecía una sombra larga.
- Una sombra larga, ajá... - Dije tratando de asociar la descripción con algún ente que hubiese visto ya. No había visto nada igual antes.
- Bueno... Me voy a dormir la siesta... - dijo Hugo, mi jefe, y tomando lo que quedaba de cerveza de un solo trago se levantó. - Perdón que te haya hecho venir. Por el doble turno te voy a pagar el triple, sé que estás cansado. Le digo a mi señora que te traiga la cena esta noche. Cuidate chango. - y salió por la puerta sin esperar respuesta.
No voy a aburrirlos con los detalles de la tarde, aburrida y lenta para mi gusto. La rutina ordinaria se siente pesada para el que no acostumbra a tratarla o en mi caso, no estoy acostumbrado a tratar con clientes normales. El único alivio que tuve en ese horario me llegó cerca de las 19:25 cuando vi a Berto saliendo del baño caminando en dos patas, con un sobrecito de Tang de naranja - mango apretado en la axila derecha. Llevaba las patas delanteras echas una copa a la altura del hocico, me llevo un instante darme cuenta de lo que estaba haciendo, se estaba metiendo el jugo como si fuese de la pura mientras casualmente salía al patio por la puerta de atrás, sin prestarme la menor atención. "Mi dosis de normalidad" pensé en ese momento.

Para las 2 de la madrugada estaba a dos tragos de café de alcanzar la velocidad de la luz, en lo que era una mezcla de agotamiento y estados alterados por el exceso de cafeína. Si me hubiese dado un ataque cardíaco entonces habría estado seguro de que sólo se trataba de una corazonada. Tenía tanto Dolca encima que de todas maneras mi cuerpo se habría negado a morir y no, nadie me batió el docla.
Había limpiado el piso dos veces, llenado las heladeras y freezers por encima de sus capacidades normales y pasado el trapo a todos los chocolates y paquetes de galletitas en las exhibidoras de manera que no tenía más qué hacer y las opciones se agotaban rápido. Netflix y Youtube fallaban en mantenerme despierto, no había un alma en la calle, todo estaba tranquilo. De hecho, muy tranquilo... Era raro. No, se sentía raro, como si me estuvieran observando desde afuera. Una mirada intensa capaz de penetrar el vidrio grueso de la ventana, de hecho al mirar por ella vi que la noche era más oscura de lo normal, que las luces no la cortaban y me sentí como atrapado en un cajón. Empecé a agitarme, a respirar hondo mientras una sensación repentina de puro terror me sobrevino salida de la nada. No entendía por qué o qué podría causarlo, después de las cosas que había visto esto era enteramente nuevo. Había maldad en el aire, demasiada como para poder ser tangible, transpiraba por cada poro y temblores se apoderaron de mi cuerpo. Estaba entumecido de pánico y no podía quitar la vista de la ventana, ví entonces la extensión de una extremidad salir desde la oscuridad. Lo que emergió desafiaba completamente todo el sentido de razón que tenía construído hasta entonces, lo que es decir mucho si tienen en cuenta mis experiencias cotidianas en éste lugar. Era alto, dos metros y algo con facilidad, cuerpo delgado, los brazos terminaban en puntas redondeadas y no tenía piés o al menos eran iguales a los brazos, la cabeza era desproporcionadamente grande. Circular, enorme, como un chupetín excepto que en vez de palito negro era todo oscuro y en vez de estar hecho de caramelo estaba hecho de maldad absoluta. Era un... Un... Un hombre palo... ¿Vieron esos dibujos o animaciones con hombrecitos hechos de palitos? Como los que hacíamos cuando éramos chicos al estar aburridos en clase. Así.
Dió un paso hacia adelante y me dí cuenta, tenía abierta la puerta y no había manera de que llegara a cerrarla antes de que lo tuviera adentro... Reformulando no había forma de que yo llegara a cerrar la puerta antes de que... ¿entrara al local? Comencé a moverme forzando cada fibra del cuerpo para salir del estado en el que estaba, tarea que no me resultó nada sencilla, muy despacito como para que no se diera cuenta de lo que estaba por suceder. Logré moverme un paso cuando volví a sentir que me miraba y al ver por la ventana el hombrecito estaba quieto, mirándome fijo a los ojos, ¿cómo sabía yo que me estaba mirando fijo a los ojos? no sé, lo sentí. No tenía ojos por ninguna parte y aún así estaba viéndome directamente a los ojos. Penetrándome... Reformulando otra vez, ¿atravesandome? con la vista! Supe que el sabía lo que estaba por hacer, peor aún, yo sabía que él sabía que yo sabía que él sabía que yo también sabía. Corrí hasta la puerta y por la periferia de mi visión lo ví correr a una velocidad tal que parecía una distorsión. Tres zancadas llegué a dar y quedar frente a la puerta pero me lo encontré de golpe y moviéndose a como una tren bala en dirección a mi, creí que iba a ser mi final, no vi mi vida pasar frente a mis ojos pero sí apreté en asterisco para no desgraciarme de miedo, puse las manos en frente para recibir el impacto y ¡Bam! El desgraciado se dió la cabeza como venía con el marco de la puerta, escupiendo un pedazo de papel de donde la boca debería haber estado, que aterrizó entre mis pies. El hombrecito completó medio giro en el aire y cayó al suelo con fuerza. Inmediatamente me sentí mejor después de eso, tomé el papelito. Escrito en imprenta y con mayúscula decía "D'oh!"

Lentamente se puso de pié y me miró. Otro papel salió de su boca, esta vez me lo alcanzó él, decía "¡Aquí viene el dolor!" y se refregaba la cabeza donde se golpeó.
- ¿Estás citando a Carlito de Carlito's Way? - pregunté y otro papel salió de él, me lo alcanzó gentilmente.
" Sí, sensei!"
- ¿Karate kid? - dije y aún otro papel salió.
"Sí, sensei!" otra vez.
- Entonces... No hablás y te comunicas con estos papelitos. De eso puedo darme cuenta... - el hombre se puso de pié sin dejar de refregarse la cabeza. -... ¿qué sos? no había visto uno como vos antes. - pregunté. Otro papel.
"¡Soy tu padre!"
- Star Wars. te afectó el golpe parece...
"Sin daño cerebra-bra-bra-bra-bra"
- Homero Simpson cuando se arrancó el chip. ¿Hablás en citas entonces?
"Sí, sensei!"
- Bárbaro... - pausé por un segundo. - ¿Me vas a matar? -
"¿Matarte? No quiero matarte..."
- ¿Entonces a qué viniste?
"Haz el amor y no la guerra."
- ¡Epa! No me gustó nada ahí. ¿Venís a violarme?
"No Lisa, no estoy comiendo sapos"
- ¿Ah?
"¡Nooo!"
- ¿Darth Vader en el episodio III?
"¡Simón!"
- ¿De donde carajo sacas las citas?
"Usamos la red mundial de redes."
- Me estás jodiendo... Optimus Prime en Transformers. ¿Y no podías aprender a hablar bien?
"La educación hace al sabio un poco más sabio, pero hace al idiota infinitamente más peligroso."
- No tengo idea de cómo interpretar eso... ¿Y de donde carajo salen tantos papeles? ¿Sos un robot, una impresora? ¿Qué sos? - tras unos segundos tres papeles salieron de el hombre palo respondiendo por separado cada pregunta,
" Bueno, pues , no se...mmm"
"No me pregunten quién soy ni me pidan que siga siendo el mismo." y,
"Lo siento, mis respuestas son limitadas. Debes hacer las preguntas correctas."
- Ok... Evidentemente no vamos a ir a ningún lado con el ping pong. Decime al menos qué querés acá, conmigo...
"Hay que unirse, no para estar juntos, sino para hacer algo juntos."
- De verdad necesitas mejorar tus respuestas. ¿Y ahora, qué hacemos?
"Hay cosas que hay que hacer y las haces y no hablas nunca de ellas."
- Sabés, citando a El Padrino das la vibra de mafioso... - antes de que pudiera formular otra pregunta o decir algo, un nuevo papelito
"Volveré, Bennett", decía. No podía no reconocer una línea de Comando así que sólo pude responder con lo que correspondía, - Te estaré esperando, John. - y así como así se alejó a la misma velocidad con que inicialmente había querido entrar. Sí oí el ruido de algunos tachos de basura desparramarse a la distancia y alguna alarma de auto, como si se los hubiese llevado puestos. Vi el montón de papeles que tenía en la mano, los hice un bollo y tan pronto abrí los dedos recobraron su forma original sin exhibir una sola arruga o marca. Bueno, no era papel, después de unas horas se desintegraron sin dejar rastro.
Cuestioné si era sano para mi salud mental seguir con éstas cosas, quizás debería tratar de salir de acá y llevarme mi depresión a un lugar más normal... Al final me venció el sueño, y honestamente también la curiosidad. Volví al escritorio y empecé a tipear ésto. Me dormí cuando iba por la mitad y me desperté cuando escuché a Berto cantar Kilómetro 11 en guaraní a todo pulmón, usando el escobillón como guitarra.
"Aní nde pochi Angha che ndivé Desengaño ité Manté arekó Che aká tavi Angyha oiku´á Nde rejhe kuñá Che upeicha aikó..."
Puedo cerrar la noche con ésto, de verdad necesito dormir.
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2017.11.30 19:35 yosoyines La historia sin fin (aparente) - Parte 1

Intro
  • Que triste que es el Chuy cuando no es temporada.
Washington se sentó en su banquito, acomodándose en el pedazo que todavía tenía una tabla.
Miró la habitación en la que estaba.
Hace tiempo que el lavadero no veía una lata de pintura, sobre todo la mancha de humedad que estaba arriba de la ventana, en la pared sobre la puerta de entrada. Tenía seis máquinas de lavar, que sin duda habían visto tiempos mejores. Sobre todo tres de las Enxuta, a una de ella se le podía ver el óxido en la base de la misma. A otra, se le salían las perillas.
Faltaba poco para el partido del Rocha Futbol Club, pero como no encontraba acomodo, salió a la vereda a fumar.
Mientras armaba un cigarrillo con tabaco suelto, pasaba Gladys paseando a su perro, el cual no dejó de ladrarle todo el tiempo.
  • ¿Cómo anda vecina? - le dijo, mientras esquivaba al cuzco.
  • Bien bien, esperando que no llueva de nuevo.
  • Y bueno, el clima anda raro vio.
Estuvo un rato mirando la gente pasar por la calle, el Wilson intentando vender baurú en la internacional, Raúl paseándose con su camioneta recién comprada, la Mirta barriendo la vereda.
Pisó el cigarrillo en la vereda y volvió para adentro.
Examinó las sábanas que le trajo Miriam, y decidió colgarlas en el fondo. No valía la pena estropear una máquina más, si en realidad estaban limpitas, y además Miriam con ochenta años no veía nada, y no se iba a fijar mucho tampoco. Por algo volvía todas las semanas.
Prendió la radio hasta que encontró la que iba a pasar el partido, y se encaminó para el fondo.
El local no era muy grande, pero le daba para subsistir. Lo había heredado de sus padres, su madre se lo dio al fallecer el padre, y ella no lo quiso trabajar, pero bien que cobraba su parte.
Abrió la puerta de chapa que daba al fondo, agarró los palillos del canasto que estaba apoyado en la pared, y se disponía a colgar las sábanas cuando escuchó un grito afuera "¡Buscá Horacio Errante en Youtube!", seguido de una frenada en seco, y un ruido a choque.
Dejó las sábanas apoyadas en la silla de plástico, y salió afuera a ver.
Una furgoneta negra, con chapa de Montevideo, había sido chocada de atrás. Por lo visto el patrullero no la pudo esquivar, y estaba de costado contra la esquina. Una acumulación de vecinos se agolpaba para ver qué había pasado. Lo primero que hizo Washington fue ver si Jorge, el hijo de Mirta, estaba bien. No fuera a perder otro cliente. Pero el policía estaba en la esquina parado, agarrándose la cabeza, pero ileso.
Por otro lado, de la camioneta salió un tipo flaco, alto, de remera negra, jeans rotos, y de voz cascada. Washington no quería estar muy cerca de él, no le inspiraba confianza.
Volvió para adentro del lavadero, y siguió colgando la ropa mientras escuchaba el partido.
  • Hace rato que no ganan nada -pensó. Desde el 2005 que no estaban en primera división, pero no por eso iba a dejar de escuchar al club de sus amores. Supo jugar ahí, cuando era mas joven y todavía le quedaban ganas de hacer algo.
Cuando terminó el partido, decidió cerrar el lavadero. Si no cayó nadie a esa altura del día, no iba a venir nadie más. Volvió a la casa caminando despacito por las calles de tierra, pasó por la puerta de la escuela y vio como los niños iban a su casa mientras charlaban.
Llegó a su casa, y su madre estaba mirando el noticiero.
  • Hola mamá.
  • ¿Y? ¿Mucha gente hoy?
  • La de siempre.
  • ¿Cómo anda Mirta?
  • Bien, hoy el hijo chocó el patrullero en la esquina, pero andaba bien
  • ¿Tu le preguntaste si estaba bien? Mira que Mirta es una buena clienta.
  • Estaba bien mamá.
Decidió ignorarla, y subió a su habitación. Se sentó en la cama, dejó las alpargatas debajo de la cama, y se echó a mirar el techo.
No supo bien cuándo fue que se quedó dormido, pero amaneció con la boca seca y con frío.
  • Otra vez se largó a llover.
Miró su reloj de pulsera, una imitación de Rolex que se compró del lado brasilero. Marcaban las ocho. ¿Ocho de la mañana?
Bajó las escaleras, y se metió directo en la ducha. Al salir dio un vistazo en el espejo, tocándose la barbilla. Parecía derrotado por la vida, unas bolsas debajo de los ojos grandes denotaban su edad. Lo mismo hacía el principio de calvicie, pero por las canas aparentaba más edad que sus 56 años.
  • No toca afeitada.
Se puso su perfume "Aqua di Rio", una imitación de perfume caro que le regalaron sus hijos la última vez que fueron a su casa, hará unos seis años. Después de vestirse, volvió caminando despacito, y sin apuro, al lavadero.
Al llegar a la internacional había una cantidad de gente inesperada, todos cuchicheando.
En un principio no notó nada extraño, pero después de escuchar el chusmerío se dio cuenta. Primero en un banco. Luego en la cortina del supermercado. Los tachos de basura. La puerta de los free shops. La pared del espeto corrido.
Todo, absolutamente todo, tenían variantes de Horacio Errante en Youtube, o Mil Leguas Rock.
Le restó importancia, pero se acordó del accidente del día anterior. ¿Sería ese flaco desgarbado, con pinta de drogadicto?.
Cuando llegó a la puerta del lavadero, se le desfiguró la cara.
La ventana del lavadero tenía, escrito por encima, con marcador negro, "Mil Leguas Rock" en toda su extensión.
Volvió corriendo a la internacional, y se encontró con una marabunta de personas, que se iban acumulando de a decenas por minuto. Se preguntaban qué era este llutub, para qué servía, y por sobre todas las cosas, si alguien conocía a este tal Horacio. Algunos se acordaban del episodio del día anterior, otros se preguntaban si era hijo de alguno, muchos otros se cuestionaban la educación de este muchacho.
Cuando miró hacia la izquierda, ahí lo vio.
Estaba comiendo un baurú en el carrito del Wilson. El carrito también estaba vandalizado, pero el Wilson no tiene principios, él le vende un baurú al que pase.
  • ¡Ahí está! - gritó Jorge.
Varios salieron vociferando a viva voz.
  • ¡Tu no puedes andar escribiendo las cosas de los demás!
  • ¡Qué falta de respeto!
  • ¡Chega maluco!
Horacio, al ver que un montón de gente se le acercaba con paso firme, se comió la comida como pudo, se chupó los dedos, y salió corriendo.
Gladys, que estaba enardecida porque le había escrito al caniche, gritaba:
  • ¡A lo del mecánico! ¡No se va a ir sin la camioneta!
Todos cruzaron para el lado brasileño, y algunos comprobaron con asombro que ahora los grafittis estaban en portugués.
Washignton, en su ira ciega, decidió cortar por la calle de atrás para agarrarlo antes. El viento y la lluvia no le dejaban ver con claridad, pero eso no lo paraba con nada.
  • Lo voy a hacer limpiar todo con la lengua igual.
En el apuro no vio cuando, a toda velocidad, una furgoneta negra salió a su paso.
Lo último que pensó, mientras el paragolpe chocaba con su cráneo, fue que todavía no le había devuelto las sábanas a Miriam.
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2017.08.14 08:53 Subversivos Odio a muerte en la España profunda

Sucedió el domingo 26 de agosto de 1990 a última hora de la tar­de en un lugar llamado Puerto Hurraco, un pueblo profundo de Ba­dajoz con 205 habitantes censados y protegido por dos montes ne­gros con forma de ala. Los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo, de 56 y 58 años, se apostaron en un callejón, descargaron sus escopetas de repetición y abatieron a quince personas. Nueve de ellas murie­ron entre esa fecha y el 10 de septiembre y las seis restantes fueron reponiéndose con desigual fortuna: todas han quedado marcadas por la tragedia, pero algunas tendrán que soportar el recuerdo en una silla de ruedas.
LOS SUCESOS DE EL PAÍS Puerto Hurraco, odio a muerte en la España profunda Los reportajes y ensayos de esta veraniega serie han sido extraídos del libro Los sucesos de EL PAÍS, publicado en 1996 como parte de la conmemoración de los 20 años del diario, lanzado el 4 de mayo de 1976. Históricas firmas del periódico, como Rosa Montero, Juan José Millás o Jesús Duva desmenuzan algunos de los crímenes que han marcado la reciente Historia de España, de la matanza de Atocha al crimen de los Marqueses de Urquijo.
En un principio, los hermanos habían venido decididos a asestar un golpe de muerte a la familia Cabanillas —las dos hijas de Antonio Cabanillas, de trece y catorce años, fueron las primeras en caer—, sus enemigos frontales desde los años veinte, pe­ro el olor de la pólvora y la sangre que corría pendiente abajo por la calle principal les dejó clavados en el suelo y en el gatillo. Al final, dispararon sobre todo lo que vieron. Emilio huyó al monte después del primer cargador. Antonio se quedó allí todavía un rato, hasta agotar el segundo. Horas después, de madrugada, la Guardia Civil tuvo que sacar a tiros a los dos hermanos de un cercano olivar en el que se habían refugiado —tanto, que dos guardias civiles resultaron gravemente heridos. Luego, se comentó que por qué no habían huido, por qué habían quedado atrapados en el lugar rabioso de su cri­men. Tal vez, la venganza, que les había atado a Puerto Hurraco du­rante toda la vida, les atara también después de llevarla a cabo.
El suceso se vivió en España con la extrañeza y el temor de quien se encuentra frente a páginas del pasado resucitadas con actores de carne y hueso. La década recién inaugurada quería significar el ine­luctable fin de aquella otra España de oscura conciencia, aislada del mundo y sobreviviendo dificultosamente de recursos escasos y entre penas y culpas que se colaban por los callejones históricos del pesi­mismo y de la tristeza. Eso había terminado. Estábamos en Europa y ya habíamos dado los primeros pasos hacia una modernidad con­sensuada por los propios y arropada por los extraños. Muchos vie­ron en Puerto Hurraco una fotografía antigua o el último latigazo de un mundo que se extinguía, pero muchos otros se enfrentaron, con una perplejidad interrogante, a un suceso real y presente que ponía en cuestión la idea actual de España, siempre vista a través del pris­ma urbano, cubierta por la sombra avanzada de la capital y de las capitales. Aquí se cifraba la incógnita: se trataba del pasado o se tra­taba de ignorancia del presente.
Dos días después de la matanza, el suplemento dominical del dia­rio EL PAÍS envió a quien esto escribe y al fotógrafo Miguel Gener a buscar las claves de un suceso que reunía paradojas suficientes co­mo para pensar que la averiguación no había concluido con la me­ra información del desastre.
Detrás de los visillos
La primera impresión de Puerto Hurraco, una estrecha calle principal en cuesta, a última hora de la tarde espesa y caliente de agosto, con una mujer que todavía fregaba en las paredes y en el cemento las manchas de sangre, y puertas cerradas a cal y canto, fue la de estar visitando un pueblo con gente vigilando detrás de los visillos de la ventana. De vez en cuando se escuchaba, casi exagera­damente, casi como si uno se lo estuviera inventando o esperase in­ventárselo, un cerrojo que recorría la calle, que salía del pueblo y que se perdía en una resonancia entre los omóplatos de los dos mon­tes negros que planeaban siniestramente sobre las casas blanquea­das. No había nadie en la calle y las únicas figuras visibles eran las de dos guardias civiles sentados en un cuatro latas ladeado sobre una cuneta a la entrada del pueblo.
MÁS INFORMACIÓN Puerto Hurraco, odio a muerte en la España profunda Todo lo publicado en EL PAÍS sobre el caso 2015: Puerto Hurraco quiere olvidar 2010: El último de los asesinos se ahorca en su celda 1994: 688 años de cárcel para los hermanos Izquierdo De vez en cuando, algún vecino cruzaba velozmente y miraba al­rededor como si tuviera que cerciorarse del lugar en que vivía. Con el paso del tiempo, se terminaba descubriendo a otros periodistas y fotógrafos, que salían apresuradamente de una casa para entrar en otra y que ya habían adoptado los hábitos clandestinos de la pobla­ción. El día que siguió al entierro de las víctimas, entre el fragor de cepillos que intentaban borrar la sangre del domingo, un vecino pi­dió a los reporteros que no se marcharan, «porque así se sentían más protegidos». Pero, al mismo tiempo, no aceptaba hospedajes «por temor a represalias». La guerra de Antonio y Emilio Izquierdo ha­bía derivado en una guerra interna: a ver quién dice y qué a los pe­riodistas.
En los días siguientes a la matanza, uno de los aspectos más sorprendentes —para un recién llegado— era el clima de tensión que se había creado entre los propios vecinos. Daba la impresión de que la alarma no había dejado de sonar todavía y de que esta vez el peligro no iba a venir de afuera —Emilio y Antonio vivían en Monte­rrubio de la Serena—, sino de los intestinos de la aldea. La razón, sencilla, pero que tardaba en descubrirse, tenía que ver con los in­trincados lazos de parentesco de los habitantes de Puerto Hurraco. Los Izquierdo y los Cabanillas se odiaban, y el hecho es que una buena parte de las familias de Puerto Hurraco eran Cabanillas o Iz­quierdo, pero una parte aún mayor había mezclado sus apellidos con el sistema endogámico tan habitual en las zonas rurales y aisladas del interior de la península. De forma que los Cabanillas Izquierdo o los Izquierdo Cabanillas suponían un verdadero grueso de la po­blación.
El cementerio era una prueba contundente de esta tupida red de peligros. Situado a un costado de la carretera general, rodea­do de un campo que parecía en estío permanente, mostraba con to­da claridad y en letras de molde la hegemonía de los dos apellidos y de sus mezclas. Para mayor enrarecimiento, en la catástrofe del do­mingo había muerto una cuñada del marido de Emilia Izquierdo, la tercera hermana en discordia junto a Luciana y Ángela —a las que más tarde se acusaría de haber inducido a sus hermanos al asesinato.
En esos días, cada cual podía imaginar la amenaza en el interior de su propia casa o lindando con la del vecino. Todo dependía del bando en que cada uno decidiera alistarse o se sintiera incluido, ha­bida cuenta de que todos y cada uno tenían innumerables posibili­dades de pertenecer a ambos. Por tanto, una cierta arbitrariedad surgida de lo que no se sabía del otro, del próximo, cuyos verdade­ros sentimientos podían haber estado escondidos o disimulados para brotar ahora repentinamente, se unía a la conmoción y al miedo generalizado. La ecuación resultante era, pues, miedo más arbitra­riedad y su solución, una incógnita. Curiosamente, esos mismos tér­minos habían estado, como se vería después, en el origen de la tra­gedia.
Los días que siguieron al suceso fueron días temidos. Había mie­do al regreso de las hermanas presuntamente instigadoras, Luciana y Ángela, evaporadas desde la semana anterior; miedo a Antonio Cabanillas, el padre de las niñas asesinadas; miedo a la respuesta de las distintas ramas de las distintas f31nilias, dentro y fuera del pue­blo; y, sobre todo, un miedo contagioso a que la cuerda del último drama tirase de otros dramas sobre los que el olvido había trabaja­do como una lápida. Algunos vecinos hablaban ya de hacer las ma­letas y de cerrar los escasos negocios. Se temía el éxodo.
Fuera de esto, existía también una aprensión —causada por esta estructura de parentesco— relacionada con que ciertas historias sa­lieran a la luz. Una especie de pudor repentino de una aldea endo­gámica acostumbrada a guardar sus conflictos. Y también un tem­blor vergonzoso a aparecer como el reflejo miserable de esa España profunda, tan traída y llevada por los libros, por el cine y por la te­levisión, de niños en las tinajas, campesinos obtusos y sanguinarios, y malevolencia rural.
En el fondo, con unas cosas y con otras, se estaba jugando la su­pervivencia del pueblo. Había algo más que una disputa sangrienta entre familias: se había puesto en peligro la supervivencia colectiva.
Cuando los vecinos se decidían a hablar era para defender esa su­pervivencia. Insistían, de un modo que se dirigía en primer lugar a su propio convencimiento, como si la presencia del interlocutor sir­viera sobre todo para escucharse a sí mismos, en que el estallido no afectaba más que a los «amadeos» y a los «patas pelás», ramas par­ticulares de los Cabanillas y de los Izquierdo. Aceptar la idea de una guerra entre los Cabanillas y los Izquierdo, sin matices y sin reduc­ciones, era transigir con la idea de una guerra universalizada y con la previsión de una hecatombe a la vuelta de la esquina. Fuera co­mo fuese, el primer gesto de la supervivencia consistía en espantar los fantasmas de una contienda colectiva, particularizando el con­flicto hasta contenerlo en su territorio más pequeño.
La supervivencia, además, merecía la pena en términos objeti­vos. Los términos estaban relacionados con la reciente prosperidad del pueblo, tradicionalmente dedicado a la aceituna, el grano, los cerdos y las ovejas. Las subvenciones estatales y el empleo comuni­tario habían hecho crecer el nivel de vida en los últimos cinco años. Se veían casas nuevas y reformadas por todas partes, las calles es­taban asfaltadas y en los pequeños negocios se respiraban aires de beneficio. Para entenderlo mejor, había que remontarse a la historia de una aldea que no conoció la electricidad hasta los años se­tenta, el agua corriente hasta los ochenta y el asfaltado de las calles hasta hacía seis años. Por primera vez, aquella conciencia colecti­va, secularmente cerrada al mundo, había empezado a asomarse a él. Los defensores de la tesis de la tragedia aislada luchaban con­tra la memoria en una atmósfera de pólvora antigua. Era la memo­ria de una aldea fundada por familias Izquierdo provenientes del cercano Helechal en el siglo pasado y que, a principios de la centu­ria, se encuentran conviviendo con extraños que regresan de una emigración cubana.
En ese momento comenzó la guerra, la guerra de los Camariches (Izquierdo) contra los Habaneros (Cabanillas). Es decir, la guerra de los fundadores contra una familia de intrusos llegada de Cuba. A la vista del entramado presente de parentescos, la resurrección de ese conflicto significaría la guerra de todos contra todos. Después de tan­tos años, y estando tan cerca ya del mundo contemporáneo, los habi­tantes de Puerto Hurraco temían, tras el nefasto domingo de agosto, levantarse por la mañana pensando que cualquiera podía ser un ene­migo, que la fiera dormida podía despertar y llenar el aire de zarpa­zos. Como si no hubiera pasado el tiempo o como si hubiera dado igual que el tiempo hubiera pasado. En ese aspecto, sus sentimientos eran muy semejantes a los sentimientos con que el resto del país les contemplaba. Mientras el país entero, a su vez, se sentía observado por los nuevos y modernos amigos europeos, los mismos que habían surtido la leyenda negra española de hechos que la confirmaban ejemplarmente, de hechos muy semejantes a los de Puerto Hurraco. Seguramente, Puerto Hurraco hizo que los españoles se volvieran tan hipersensibles a la observación como los propios vecinos, y también desde esa oscura culpabilidad nutrida por la incertidumbre y la ig­norancia.
La historia olvidada
Existía, por tanto, una historia de Puerto Hurraco, una historia escondida y, al parecer, fatalmente olvidada, a la que se había re­gresado brutalmente a causa de ese mismo olvido.
Hacia 1920. Unos niños juegan en el polvo marrón de una calle­juela. Los hombres arrastran sus mulas en el campo y las dos len­guas de piedra negra que desde la montaña lamen Puerto Hurraco lanzan chispazos de luz. Los niños son Ángel Cabanillas, apodado El Rapa, y los hijos de La Torcía y La Daniela, ambas de familia Iz­quierdo. De pronto, se enredan en una gresca. El Rapa, de catorce años, se marcha a su casa. Al cabo de un rato, cuando quiere salir de nuevo a la calle, La Torcía y La Daniela le esperan armadas. La madre de Ángel Cabanillas no le deja salir. El incidente crea una tensión desproporcionada entre las familias. No hay un previo con­flicto de tierras, ni otro conocido. Pero la tensión alcanza los años si­guientes, cuando las familias aparecen en la historia completamen­te enconadas.
Año 1928 o 1929. Luis Cabanillas se interpone en la amistad de su hermana Matilde con Alejandro García Izquierdo. Alejandro pide ayuda a los parientes Izquierdo y traman esperar a Luis a la salida del salón de baile de Marcelo Merino. Son las últimas horas de la fiesta, el ambiente del salón está espeso y un amigo de Luis abre la ventana. Por encima de los tejados distingue el perfil lunar de los montes y, con la misma luz, a Alejandro y a sus primos apostados en una de las callejuelas. Luis hace cuestión de honor en salir mientras tantea la navaja que lleva en el bolsillo del pantalón. Antes de que los Izquierdo reaccionen, asesta una puñalada en el cuello a Alejan­dro García. El acuchillado nunca llegó a recuperarse totalmente. «Se quedó como atontado.» Luis Cabanillas fue condenado a siete me­ses de cárcel ya posterior destierro en Peñarroya.
Año 1935. Se repite el suceso con distintos protagonistas e inversa fortuna. Un baile en una fiesta cercana. Basilio Cabanillas ronda a Amelia Izquierdo, prima de Daniel Izquierdo, por mote El Dentis­ta. Al parecer, Basilio y Amelia se entienden. El Dentista interrum­pe la escena y discute con Basilio. El clima se caldea a lo largo de la noche. Finalmente, El Dentista lanza una amenaza y se marcha. Ba­silio regresa al pueblo caminando, sorteando pedregales y olivos en una noche cerrada. El Dentista surge de entre unos matorrales y le apalea hasta tumbarlo. Basilio consigue llegar a su casa y de allí a un hospital de Badajoz, donde tardará semanas en reponerse. Daniel Izquierdo, El Dentista, fue encarcelado y años después tuvo que pa­gar fianza para conseguir la licencia de escopeta.
Hasta estas fechas, los conflictos responden al esquema de Ca­mariches contra Habaneros. No hay disputas materiales de ninguna especie. Las disputas tienen trasfondo grupal y las heredan los pa­rientes por extensión consanguínea y cronológica. Se trata de los fundadores y de los emigrantes que legan a su descendencia una probable competitividad a escala local y sólo explicable dentro de un entorno cerrado donde el roce produce una marca cuya exposición continua tiende a pasar por herida.
El resto forma parte de una historia más y mejor manejada por los que todavía viven. Pasaron 26 años desde las andanzas de El Dentista hasta la desgracia siguiente. En ese plazo largo, que no se­ría el único de magnitud que mediaría entre catástrofes, los Cabani­llas y los Izquierdo debieron de fundirse en una maraña de lazos de parentela, que hoy son inextricables y amenazadores. Estos lazos parecían configurar una paz decisiva. Pero en Puerto Hurraco la paz ni se decide ni tiene dueños.
Años 50. Amadeo Cabanillas Caballero y Manuel Izquierdo, llama­do Mal Tiempo, echan ovejas en los tristes pastos de Puerto Hurraco. Las fincas lindan. No hay cercado, sólo un golpe largo de tierra amon­tonada que las separa. Las ovejas entienden mal la delimitación y se la saltan sin reflexionar. Otra gresca, de no grandes dimensiones, pe­ro que se conserva en la memoria como un hito de este prolongado ca­mino de desavenencias. El que algo así se conserve en la memoria es lo más inquietante de todo.
Año 1961. Se produce el primer choque entre Antonio Cabanillas -el padre de las niñas asesinadas-, todavía niño, y los futuros cri­minales de sus hijas, Emilio y Antonio Izquierdo. «Al niño le tupie­ron la boca de hierba.» El padre de las niñas asesinadas negó en esos días aciagos de agosto que tuviera jamás un roce con Antonio y Emi­lio. Aunque lo negaba no como si negara el hecho, sino como si ne­gara cualquier especie de memoria. Mientras se dirigía con su trac­tor al campo, dos días después de las desgraciadas pérdidas, de la boca de Antonio Cabanillas se escapaba la palabra «maldad» con una certeza religiosa.
El caso es que, sin moverse de la fecha, Amadeo Cabanillas Ri­vera, hijo del otro Amadeo y hermano de Antonio, discutió con Jeró­nimo y Luciana, hermanos de Antonio y Emilio por el asunto del chaval. Luciana se rompe un brazo al caer empujada por Amadeo: ésta es toda la historia de amor que vivieron y que en 1990 levanta­ba especulaciones acerca de un despecho sentimental que habría ali­mentado la última fase del resentimiento. Jerónimo esperó en la fin­ca de Las Pelícanas a Amadeo y lo mató de una cuchillada. Años de cárcel, psiquiátrico y destierro a Monterrubio, a seis kilómetros. El pueblo donde vivían y desde el que tramaron los hermanos Izquier­do la matanza.
1984, veintitrés años más tarde. La casa de Isabel Izquierdo, ma­dre de los convictos y hermana de Mal Tiempo, se incendia. La ma­dre muere, y las hermanas, que estaban esa noche en la casa, acusan a Antonio Cabanillas de haber prendido el fuego y al pueblo entero de no haberles ayudado. Lo cierto es que olvidaron a su madre entre las llamas y que muy pocos vecinos llegaron a despertarse esa noche.
  1. Jerónimo repite cuchillada en la Cooperativa de Monterru­bio, esta vez sobre Antonio Cabanillas, que tiene que ser ingresado. A partir de este momento, los Patas Pelás se enclaustran en su feu­do de Monterrubio. Los hermanos se dedican a jugar a las cartas y a toma: helados de corte, una especie de pasión. Luciana y Ángela van clamando justicia por las calles, se arrodillan delante del cuar­telillo de la Guardia Civil y obligan a los vecinos a desenchufar los frigoríficos ya parar los relojes de pared, por temor a que camufla­ran bombas. Una existencia entre la locura y el miedo, alimentada por confidentes y enzarzadores. Después de que la locura y el miedo hubieran fermentado lo suficiente y se hubieran descompuesto en su propio caldo de cultivo, llegó el domingo sangriento, tras las fiestas de agosto. «Vengo a por el Puerto, esto vengo esperando hace seis años», dicen que gritaba Emilio Izquierdo desde el callejón entre descarga y descarga de su repetidora.
Ruido de cerrojos
Esta historia pudo componerse a partir de fragmentos, de confi­dencias a media voz, hechas en el pequeño bar donde los parro­quianos se limitaban a jugar a las cartas y a vigilar permanente­mente a los periodistas o, tras llamar a alguna puerta, atravesar un largo pasillo y quedarse en el patio del fondo mientras los dueños de la casa echaban los cerrojos. Jamás se confiaban en grupo. Las úni­cas posibilidades dependían de encontrar a solas al interlocutor o de sacarle de la proximidad de los otros. Las mujeres y los hombres ha­blaban en su casa sólo a condición de que no estuviera el cónyuge. La mutua vigilancia a que todos se sometían daba como resultado un silencio a medias y, muchas veces, ficciones o falsedades.
Los más proclives a soltarse, y no mucho, eran los emigrantes que habían regresado para las fiestas y los que habían tomado la deci­sión de marcharse. Por lo general, se negaban a dar el nombre y sólo apuntaban la rama de Izquierdo o Cabanillas a la que pertenecían y cuya posición estratégica en el conflicto era prácticamente imposi­ble desentrañar para el forastero. La mayoría hablaba como Caba­nillas en esos momentos, pero un ligero contraste con el siguiente in­terlocutor arrojaba la idea contraria. No decían su nombre, aunque se denunciaban entre ellos. «Ése con el que dice que ha hablado es un Amadeo» o «ese es un Pata Pelá».
Al llegar la noche, los guardias civiles recomendaban severamen­te que los periodistas dejaran el pueblo. Entonces sí que sonaban los cerrojos más allá de toda atmósfera literaria. Miguel Gener hizo unas espléndidas fotografías de lo que era la noche en Puerto Hurraco, aguantando en aquella oscuridad tensa en la que las luces de los fa­roles se pegaban al suelo y dejaban recortado por encima el cielo an­cho, espeso y nocturno, de las tierras pacenses. Esas fotografías con­siguieron reproducir las tenebrosas impresiones que podría haber sentido cualquiera que se acercara a Puerto Hurraco horas después de la, carnicería. Algo así como meterse en un poblado fantasma del viejo Oeste, pero sin épica, cruzado por caminos que se fundían en la noche y con una carretera cercana que parecía el tramo final de todas las carreteras del mundo. Dentro de las casas, las luces se apa­gaban enseguida y entonces el cielo oscuro empezaba a pesar y a desplomarse como la tapa de un ataúd.
En Esparragosa o en Zalamea, a pocos kilómetros, la noche se vi­vía de muy distinta manera. La gente salía a tomar el fresco al qui­cio de la puerta, se veían corros de adolescentes en las puentecillas y paseantes que se adentraban en la tiniebla de los senderos. Eran las horas para respirar un poco de aire, después de los cuarenta gra­dos de secano que habían carbonizado el día. En Puerto Hurraco no se respiraba, los habitantes parecían contener el aliento hasta que pasara algo que se sentía próximo y fatal. Esa noche calurosa de en­cierro daba la verdadera temperatura del ánimo de la gente.
El día 30 de agosto las hermanas Izquierdo, Ángela y Luciana, salieron de un escondrijo de Madrid y tomaron el expreso de Bada­joz. A partir de ese momento iniciaron su escabroso periplo entre las pretensiones del fiscal, que las acusó de conspirar junto a sus her­manos -aunque la Audiencia de Badajoz revocó en febrero de 1992 el auto de procesamiento-, y su inexorable destino psiquiátrico en Mérida. Pero durante los cuatro días en que estuvieron desapareci­das, Ángela y Luciana se presentaban como la clave que podía des­cifrar los enigmas. Y también disolver el sentimiento de amenaza in­mediata que todavía pesaba sobre las gentes de Puerto Hurraco. Su desaparición había prolongado la inquietud, porque, sin lugar a du­das, tanto para los de Puerto Hurraco como para quienes estaban al tanto en Monterrubio de la Serena, había una diferencia sustancial entre el dedo que había apretado el gatillo y el cerebro que había en­viado la orden.
La casa de Monterrubio era una casa de pueblo de dos plantas pe­queñas embutida en una hilera y tan cerrada a cal y canto como, según decían, lo había estado en los últimos años, cuando los hermanos y hermanas Izquierdo vivían en ella. El diagnóstico del vecindario era tan concluyente como lo fue después el de la Audiencia. Eran dos mu­jeres mayores, de 49 y 63 años, prematuramente envejecidas, cuya existencia estaba organizada alrededor de los líos vecinales, que salían dando gritos de su casa y recorrían las calles insultando a sus parien­tes de Puerto Hurraco y a cualquiera de Monterrubio que se cruzara con ellas, que peregrinaban regularmente al cuartelillo y que, simple­mente, «no podían estar bien». En contraste, Emilio y Antonio rara vez protagonizaban un altercado. Parecían bastante pacíficos o quizá sólo tranquilos y, según la opinión del coro popular de Monterrubio, absolutamente dominados por sus hermanas.
Ninguno de los cuatro se había casado. La única pista sentimen­tal relacionaba a Luciana con Amadeo Cabanillas, en el famoso episodio que concluyó con fractura de huesos para la mujer y que inau­guró la última fase criminal entre las familias antagonistas. Luciana negó en días posteriores que hubiera existido semejante posibilidad, como no podía ser de otra manera. Los cuatro hermanos, por lo de­más, apenas salían de la casa de Monterrubio, donde las persianas estaban permanentemente bajadas y los pestillos echados. Allí fue­ron re cociendo su animadversión y sus malos sentimientos durante seis años.
Con todo ello viene el dilema. La matanza de Puerto Hurraco pue­de ser contemplada a la luz de una historia secular de rencillas y con­flictos que culminó de esa manera como podía haber culminado de cualquier otra parecida, o bien esa tragedia hay que observarla a tra­vés de esta última escena, mucho más reducida, mucho más actual, mucho mejor iluminada. Si fuera así, lo que se ofrece a la vista es el cuadro de cuatro hermanos encerrados en sí mismos, con antece­dentes psiquiátricos y con manifestaciones de desequilibrio patentes, aislados en un pueblo de Badajoz que ni siquiera es el suyo, armados hasta los dientes y profiriendo amenazas constantes, ante la pasivi­dad de instituciones y vecinos. Después se conocería el dominio pa­tológico que los mayores ejercían sobre los pequeños y también sal­drían a la luz abultados rumores sobre la vida de los Izquierdo. Pero no había ninguna necesidad de ello, porque un simple vistazo a los historiales clínicos, al entorno familiar en el que habían crecido y aprendido, a su vida cotidiana y a sus hechos cotidianos, habría bas­tado para anticipar un pronóstico de lo que podría ocurrir y de lo que fatalmente ocurrió.
Los desheredados
La historia de la España negra y profunda siempre ha servido ha­cia dentro y desde fuera. Desde fuera, el que más y el que menos ya sabe cómo ha funcionado. Pero, paradójicamente, también ha sido eficaz a la inversa, tapando la desidia de la sociedad civil y de las instituciones públicas, y arrojando al pozo sin fondo de la concien­cia de un pueblo que se ha movido entre la supervivencia y el olvi­do todos los desastres que nadie era capaz de asumir.
Desde un punto de vista literario y dramático conmueve descubrir que un pueblo de doscientos habitantes guarde en su memoria cen­tenaria un arsenal de disputas que van desde lo ridículo hasta lo ca­tastrófico, con nombres y apellidos, con detalles minúsculos trasmi­tidos de padres a hijos como las palabras de una liturgia, y que la tragedia corone finalmente esta memoria. Pero desde el punto de vis­ta de los hechos, lo único que se acerca a los motivos verdaderos —más allá de las leyendas que nos dejan tan enaltecidos como vulne­rables— es la constatación de que cuatro personas enfermas, indivi­dual y socialmente enfermas, armadas, aisladas y sin escapatoria an­te el mundo, explotaron un mal día en un clima colectivo de asombro que sustituyó automáticamente a una colectiva indiferencia.
Como en las malas películas, todo trató de resolverse judicial­mente. Los juicios tienen la virtud de aplicar condenas y de trasfe­rir las ideas de bien y mal a la potestad de un tribunal o de un ju­rado que, en realidad, sólo se ocupa de crímenes y castigos. El juicio de los hermanos Izquierdo causó la misma expectación que la trage­dia y dejó las cosas en el lugar donde se quedan las cosas intocables.
El 17 de enero de 1994, Antonio y Emilio Izquierdo se sentaron en el banquillo de los acusados, cuando ya se había decidido la re­clusión de sus hermanas en el hospital psiquiátrico de Mérida con un diagnóstico de «delirios paranoides». José Gómez Romero, el psi­quiatra que las tenía a su cargo, declaraba en esas fechas, tres años y medio después de su ingreso, que «Luciana y Ángela han mejora­do algo, poco a poco, pasean con otras internas y, sobre todo, Ánge­la ha desarrollado un poco de su personalidad, condicionada por la de su hermana hasta el punto de que, al principio, las cogías por separado y te hablaba utilizando las mismas expresiones que Lucia­na» (EL PAÍS, 23 de enero de 1994). En el juicio, los peritos psiquiá­tricos llegaron a la conclusión de que Emilio y Antonio Izquierdo su­frían «alteración de la personalidad de carácter paranoide». Cosa que, al parecer, «no alteraba el plano de la conciencia», si bien «so­bre esta personalidad, que constituye terreno abonado, hay una vi­vencia (la muerte de la madre) que es vivida de forma muy trau­mática por estas personas y se convierte en una idea sobrevalorada (la venganza) que invade el campo psíquico del sujeto. En este sen­tido estimamos que su capacidad volitiva podría estar disminuida» (EL PAÍS, 18 de enero de 1994). Dado que la psiquiatría se mueve por el mundo como si fuera una ciencia, hay cosas que los legos no pue­den entender. Por ejemplo, el que la conciencia no se altere cuando hay una idea sobrevalorada que invade el campo psíquico del suje­to, disminuyendo además su capacidad volitiva. Misterios del ser.
Los magistrados, en los fundamentos de derecho, afirmaron además que Emilio y Antonio no eran enfermos mentales, exponiendo el he­cho de que ambos «eran capaces de manejar un rebaño de ovejas de unas 1.000 cabezas» y que tenían fincas arrendadas, «consiguiendo, a pesar de la crisis por la que atraviesa el campo, poseer una carti­lla de ahorros con unos diez millones» (EL PAÍS, 26 de enero de 1994). Es decir, habría una relación inequívoca entre la salud mental y la gestión económica y agropecuaria. Estaríamos aquí ante una especie de protestantismo psicológico —visto a través de la doctrina de la predestinación mental.
Así pues, los delirios paranoides de los hermanos y de las herma­nas Izquierdo tuvieron distinto final como consecuencia de la dife­rente relación con el gatillo. La justicia actuó sobre los hechos y se limitó a sancionarlos, salomónicamente, con sus dos espadas con­temporáneas: el psiquiátrico y la cárcel. El 25 de enero de 1994, An­tonio y Emilio Izquierdo fueron condenados a 688 años de cárcel perfectamente divididos entre ambos como autores criminalmente responsables de nueve asesinatos consumados y seis frustrados. Los ponentes afirmaron que los dos hermanos prepararon por «vengan­za» un «plan de exterminio del mayor número de habitantes posible de Puerto Hurraco».
Aunque la Justicia dictó sentencia, y con ella la sentencia del ol­vido o del comienzo del olvido, lo cierto es que, más que disipar la temida imagen de España, la reveló en fotografías nuevas. La mitad locos o idiotas, la mitad asesinos carniceros. Y, sin embargo, habían pasado muchas otras cosas sobre las que no se podía dictar senten­cia como la abrumada existencia de esas cuatro personas encerradas en una casa de Monterrubio de la Serena hablando con sus fantas­mas en un idioma delirante, o la supervivencia en un entorno capaz de trasmitir de generación en generación la forma en que unas ove­jas se saltaron unas lindes de tierra amontonada para provocar una refriega. El mundo es complicado y la ley lo simplifica en términos de habitabilidad convencional, cuando la ley se cumple. Pero, con toda certeza, la masacre de Puerto Hurraco debió servir para llevar a la superficie una imagen de la España actual más allá de los tópi­cos y de las ideas conformadas a las que invita la desidia intelectual de la que somos ancestrales herederos. Muchas regiones rurales es­pañolas están todavía iniciando el siglo XX y esta situación no se re­fiere solamente a medios materiales de vida o a capacidad de pro­mover recursos, sino también al lugar que ocupan en el proyecto de este país. El abandono a su locura de los cuatro hermanos Izquier­do podría ser también el abandono a que se ha sometido a una vas­ta extensión de la vida española que no encuentra su sitio en ningún proyecto y que no se ve reflejada en ningún futuro. La España ne­gra no está hecha de ningún material particular. Si está hecha de al­go es de los ojos que no quieren mirarla.
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2017.02.21 01:31 Cambijao Would someone like to translate Dani Alves' full interview with Spanish newspaper ABC from yesterday please?

Yesterday, I spent several hours to find an proper translation of the entire interview but to no avail...
Not many of the topics have been written into English articles, unfortunaly.
Many culés (including myself) who are non-Spanish speakers, would really be grateful if someone could do this favour please.
Thank you in advance! :)
¿Cómo es Juazeiro?
-Es una ciudad pequeña, de unos 300.000 habitantes, muy calurosa (en verano alcanza los cuarenta grados) y muy alejada de las grandes ciudades de Brasil. Pero es un sitio muy cálido con sus visitantes, y es tierra de artistas, escritores y cantantes.
¿Cómo era su vida allí?
Soy el pequeño de cinco hermanos. Mi madre era ama de casa y mi padre, agricultor. Él cuidaba de un huerto en Salitre, a treinta kilómetros de Juazeiro, donde cosechaba tomates, cebollas y melones. Con seis años ya me levantaba a las cuatro de la mañana para ayudarle. Me enseñó a ser como soy. Una persona feliz que ama la vida y lo que hace, aunque a veces eso se mal interprete. Mi padre no es muy expresivo, pero su manera de vivir es admirable. Da igual si gana poco o nada. Transmite pasión en su día a día y hace todo lo posible porque la gente de su alrededor haga lo mismo.
¿Ese huerto os daba de comer?
Juazeiro es un lugar de extremas sequías o lluvias torrenciales, según la época. La cosecha no siempre estaba asegurada. Por eso, salíamos a cazar palomas silvestres, para que en casa también hubiera carne.
Eran unos supervivientes
Sí, es verdad. Hasta en el cine encontramos ingresos. Con 14 años, algunos de mis hermanos, primos y yo mismo hicimos de extras en una película. ‘Guerra dos Canudos’ se llamaba. Nos dieron de comer y nos pagaron cinco reales. Eso entonces era mucho dinero.
¿Cómo empieza en el fútbol?
Mi padre era un enfermo del fútbol. Cuando tenía treinta años, formó un equipo, el Palmeiras de Salitre, y me llevaba a jugar con ellos, aunque tuviera tres veces menos su edad. Luego ingresé en el Esporte Clube Bahia, y de ahí me fichó el Sevilla.
Entonces empezó una carrera brillante. Cinco años en Nervión y ocho en Barcelona que le han dejado 33 títulos en su palmarés…
Sí, es muy bonito, cierto, pero como dicen en la película de ‘Rayo McQueen’, son solo copas vacías. Ganar muchos títulos no te hace mejor ni te trae la felicidad. Te trae una falsa vida.
Explíquese.
Uno debe levantarse y pelear por sus objetivos, pero una vez conseguidos, hay que tirarlos y pensar en nuevos retos. La felicidad momentánea no me gusta. Me gusta trabajar día a día para ser feliz siempre. Por eso cuando he ganado una Champions nunca me he hecho trescientas fotos con la copa. Solo es un trofeo.
Noto cierta decepción
Es que el fútbol es muy hipócrita. Por eso estoy decepcionado. La fama es una mierda. Yo de pequeño practicaba mi firma porque soñaba con ser famoso, ser importante y dar autógrafos. Pero esa era la mentalidad propia de la inocencia de un niño. Realmente, no tenía ni idea de lo que significaba. Ahora que soy famoso, me he dado cuenta que las personas famosas son mal vistas. El fútbol trae envidia, hipocresía y falsas amistades.
¿Los episodios de racismo que ha sufrido influyen en su pensamiento?
No, ese es otro tema A mí no me afecta si alguien me llama negro. No me siento diferente. Las cosas solo te afectan si dejas que sea así. Yo no odio nada. Por eso no me gusta el victimismo que existe hoy en la sociedad. Tenemos que darle importancia a las cosas que tienen importancia.
Pero el tema del racismo es bastante importante…
Sí, lo es. Pero creo que tenemos que poner el foco en lo positivo. Si la gente viviera un poco más con la actitud de ‘a mí qué mas da lo que me diga ese’, la gente viviría mejor. En la vida van a existir cosas que no son agradables. Es inevitable. Vivimos en una sociedad amargada, victimista y que pone demasiadas excusas para todo. Tenemos que ser más felices.
¿Usted lo es?
Sin duda. Eso lo aprendí de mi padre. Pase lo que pase, hay que ser feliz.
¿También en el fútbol?
También, pero tengo muchas más inquietudes.
¿Por ejemplo?
Me hubiese gustado ser piloto de Fórmula 1. Me encanta conducir y la adrenalina de un coche de carreras.
¿Y cantante?
(Risas) Es cierto que canto mucho y la gente me critica por ello, pero como decimos en Brasil, quien canta los males espanta. No importa si cantas bien o mal, pero canta. Lo importante es lo que quieres transmitir, no el producto final.
¿Su vida después del fútbol está en la música?
Seguro. Yo amo la música y mi hobbie es el fútbol. Estoy convencido que en otra vida fui cantante. De pequeño ya tenía un grupo y montábamos nosotros mismos los instrumentos. Mi padre trabajaba en un club que contrataba bandas de música. Tengo un hermano cantante. Tengo una productora en Brasil. Compongo. Ayudo a grupos que empiezan, para darlos a conocer. Cuando deje el fútbol me meteré de lleno en la música. Es mi gran pasión.
Lo que no le gusta tanto es la Prensa…
Eso no es así. Simplemente, no me gusta que inventen cosas, manipulen y creen mala onda. Me refiero a la prensa deportiva de Madrid y Barcelona. Hacen periodismo de barra de bar. Periodismo de redes sociales. Solo le interesa el morbo, y eso no es contar la verdad. Nos tienen que respetar. Detrás del futbolista, hay un ser humano. Y no pueden generar odio entre nosotros mismos, los futbolistas, y nuestros entornos. Toda mi pelea con Cristiano fue por la culpa de esa prensa.
¿Qué ocurrió realmente?
Si la gente supiera lo mucho que yo respeto a Cristiano Ronaldo. Lo repito para que quede claro. Respeto mucho a Cristiano Ronaldo, padre de Cristiano Jr., hijo de Dolores y de José, que Dios lo tenga en su gloria. Todo el mundo que me habla de Cristiano me dice que es un profesional gigante. Luego, CR7 es diferente, era mi rival y tenía que competir con él. Cuando dije de él que al ser demasiado protagonista, cuando ganas vas a destacar pero cuando pierdes van a ir por ti, lo dije de un modo muy respetuoso. Y pienso lo mismo de Messi o Neymar. Pero no tiene nada de dañina mi reflexión. Lo que ocurre es que la prensa lo vendió de otro modo, diciendo que yo había hablado mal de él. Y Ronaldo se lo creyó. Por eso no me saludó en la gala del Balón de Oro de 2015. Yo no necesito hablar de nadie para salir en los periódicos. No tengo ningún ego.
¿Lo arreglaron?
Sí. Creo que con el paso del tiempo él recapacitó sobre el asunto, se dio cuenta de que mis palabras fueron manipuladas, y en el primer clásico tras aquella gala del Balón de Oro vino y me saludó. Y fin de la historia.
Quienes no han hecho las paces son los Biris y Sergio Ramos.
-Es un tema delicado. Me parece fatal que se le insulte, pero no hay que pedir lo que tú no das. El problema es que días antes de irse al Madrid, Ramos juró amor eterno al Sevilla, y eso generó rencor en cierta parte de la afición. Aún es esclavo de aquello. Pero no hizo tanta historia en el Sevilla como para no celebrar los goles o como para pedir respeto. Yo jugué seis años y gane muchos títulos.
¿El fútbol español vive más tranquilo sin Guardiola y Mourinho?
El Madrid de Mourinho no sabía perder. Jugó sucio.
¿También jugó sucio con usted el Barcelona?
A mí me gusta que me quieran, y si no me quieren, me voy. Irme gratis del Barcelona fue una hostia con clase. Durante mis tres últimas temporadas siempre se escuchaba que Alves se iba, pero los directivos nunca me decían nada a la cara. Fueron muy falsos y desagradecidos. No me tuvieron respeto. Solo me ofrecieron renovar cuando le sancionó la FIFA. Entonces es cuando yo entré en juego y firme una renovación con cláusula libre. Los que hoy dirigen el Barcelona no tienen ni idea de cómo tratar a sus futbolistas.
¿Por qué eligió la Juventus?
Quería salir de mi zona de confort y competir a un alto nivel en un club histórico y ganador. Porque yo soy un ganador. Y la Juventus también lo es. Es una institución que siempre tiene algo que enseñarte. Que siempre compite. Aquí soy feliz y tengo nuevos y bonitos retos en este gran equipo.
Como la Champions, que tanto desean en Turín…
Tenemos equipo para disputarla. Sin duda. Pero aquí son muy supersticiosos y lo dicen con la boca pequeña, para no gafarlo. Vamos paso a paso. Primero el Oporto de Casillas y luego, ya veremos qué es lo que viene.
«La independencia de Cataluña sería un error»
Usted ha vivido in situ los años más calientes del movimientos independentista catalán. ¿Qué piensa de todo este asunto?
El desprecio del resto de España, te hablo de los ciudadanos y de las instituciones políticas, con Cataluña ha generado esta ola independentista de los últimos años. Así lo he sentido yo durante los ocho años que he vivido en Cataluña. Y eso ha provocado que el pueblo catalán se hayan encerrado en sí mismo, pero no debería ser así. Ellos reciben a la gente de España con cariño, aunque lo hacen desde la desconfianza y el recelo. Y no creo que eso sea bueno. Hay gente que sale a la manifestación de la independencia, pero no sabe ni siquiera lo que es la independencia. Siguen la corriente, siguen a la masa porque es lo que toca. Tanto la actitud de las instituciones españolas como las de Cataluña y su gente es equivocada. Yo siempre voy a decantarme por la vía del diálogo y del consenso. La independencia sería un error. Si España y Cataluña se separan, ambos saldrían perdiendo. Juntos son más fuertes.
http://www.abc.es/deportes/futbol/abci-dani-alves-futbol-trae-envidia-hipocresia-y-falsas-amistades-201702200859_noticia.html
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2016.11.04 02:03 cuentistaredditor Solicito comentarios o críticas de mi cuento

La memoria eterna de Aníbal Se levantó confundido, cansado, le dolía abrir los ojos. Una vez más, quizá ya fueran más de mil veces, volvía a soñar con ella, el amor trágico de la adolescencia, Victoria. Era algo a lo que ya se había acostumbrado, a pesar de que habían pasado más de 20 años ella seguía siempre presente en su vida, sobre todo en sueños. No importaba que estuviera casado o que su mujer estuviera embarazada con su tercer hijo. Por las noches, él era un eterno joven de 16 años, lleno de dudas y emoción de vivir, enamorado de Victoria. Aníbal seguido trataba de comprender el porqué de su obsesión. Victoria era ahora una señora soltera con una hija adolescente, quien quizá aceptaría regresar con él si la buscara, sin embargo, sabía que jamás lo haría. Inclusive, había tenido un reencuentro con ella hacía cerca de 10 años, donde hubo sexo y tuvo la oportunidad de decirle lo mucho que soñaba con ella, Después de ese encuentro, Aníbal pensó que se había liberado del hechizo de su recuerdo, pero no fue así, los sueños regresaron. Victoria en sueños era una entidad más allá de la realidad, seguía teniendo el cabello negro brillante y la figura estilizada. Aníbal después de tener episodios de recuerdo reflexionaba que si un Dios le ofreciera regresar con ella, él se negaría, preferiría seguir con su esposa, aunque no le profesara ni la mitad del amor que tenía por aquella. Aníbal gustaba imaginar que en la mayoría de los universos posibles, él estaba con Victoria, nunca se separaban. En algunos mundos morían juntos por accidente, suicidio, enfermedad o vejez. Tenían un hijo en la mayoría de los escenarios, en general en casi todos Aníbal era quien más la amaba. Cierto día al despertar de uno de sus sueños, Aníbal obtuvo un presentimiento del orden de las cosas, convencido de su teoría de los múltiples universos, se sabía uno de muchos. Decidido a terminar con esta injusticia, convencido de que nada importaba en el gran sentido de las cosas, harto de su vida de oficinista, pensó que le haría trampa al universo si decidía asesinar a Victoria, romper el esquema que se le había impuesto en esta vida. Ese mañana, al hacer su recorrido diario al trabajo, en lugar de realizar su parada en el metro decidió continuar, tomó un autobús rumbo a su ciudad de origen, no había marcha atrás. Al llegar, no le fue complicado encontrarla en la calle principal de su pueblo, al verla quiso dar la vuelta pero ya lo habían visto. Victoria se sorprendió al verle, le preguntó cómo estaba, qué hacía de vuelta en esos días. La idea de matarla le pareció ridícula en ese momento, le inventó que había ido a arreglar asuntos legales. Victoria se veía más pequeña de estatura de como la recordaba, tenía alguno kilos de más, el cabello se le veía pintado, aunque su voz seguía igual, solo oírla lo cimbraba. La charla fue intrascendente, se despidió a los quince minutos con el pretexto de tener que llegar al juzgado. Anibal se apresuró en tomar un autobús de regreso. Llegó por la madrugada a la Ciudad de México, afligido por las explicaciones que tendría que dar en su trabajo y a su esposa, se sintió patético, le volvieron a la mente las horas interminables que tenía que pasar mañana frente a su computadora, las opciones nulas de ascender, las carencias económicas, la falta de energía. El único pretexto viable era emborracharse, lo cual hacía seguido, por tanto pasó al bar de su barrio y tomó de manera salvaje para perderse rápidamente y aparentar un día de farra. Al día siguiente, su esposa no le dirigió la palabra, ni tampoco al siguiente. Como era habitual después de esas farras, Aníbal pasó a ser un fantasma en su propia casa. Al tercer día, se acercó por la noche cuando Isabel veía la tele y se acostó en su regazo, ella lo abrazo como a un hijo y le pidió que no incurriera en excesos, que su familia lo necesitaba. Al paso de una semana, todo había vuelto a la normalidad. Esa noche, Aníbal volvió a soñar con Victoria.
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